08 enero 2009

la otra cuesta de enero

El otro día volví a entrar en la casa donde fui niño. Han llovido los años. Por allí pasaba mucha gente, sobre todo pintores y poetas. Cuando las luces de bohemia se apagaban en Madrid, seguía encendida la lámpara de nuestro salón. Tino Grandío, el pintor de los grises, era uno de ellos y le iba bien. Si alguna vez te acercas lo suficiente a uno de sus cuadros, encontrarás pinceladas tan lentas y largas como un suspiro. Era un tipo capaz de posar la mirada. De vez en cuando lo hacía sobre Adán, su perro, un san bernardo blanco, reconocido parroquiano del Café Gijón, Olivier y Bocaccio, especialista en rubias, decían...

Creo recordar que Tino Grandío murió un verano, en su pazo de Lugo. Y sé que mi padre apenas estuvo dentro de la casa aquella tarde, que se sentó fuera para a compartir lo perdido con el perro. Le hablaba de las viejas noches, le acariciaba, se quedaban mirando el cielo. y recomenzaban. Por eso Adán pudo morir como murió al rato, de pena pero sin tristeza.

Cada día, gente a la que conocemos recibe menos ternura que la que recibió aquel perro. Gente nuestra. Las navidades quedaron atrás y comienza su cuesta de enero. Saben que pasará el tiempo, que tardarán en volver a saber de nosotros. Bastaría con proponerse de vez en cuando un gesto. Descolgar un teléfono, comprar unos pasteles o subirse a un autobús, lo que sea. Al fín y al cabo, el cariño no remedia el sufrimiento pero si que alivia la soledad.

Fotograa del post: "Fresas salvajes"
Escrito mientras escuchaba "serenade" de Emiliana Torrini

1 Comments:

Blogger un gato de Carabeo said...

Bellas palabras para delatar el egoísmo e individualismo creciente. Los sentimientos no tienen precio, no depende del bolsillo.

Ojalá sirviera para añadir algunas cosillas a los propósitos de año nuevo.

Un saludo

10:41 p. m.  

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