25 enero 2012

las puertas de la carne

En navidades me adentré en la obra de Emily Dickinson. 2.000 poemas que fueron encontrados por la hermana tras su muerte, encuadernados, ocultos al mundo como decidió permanecer ella, como su amor, que fue un amor prohibido y sin cristalizar.

Emily nació en una familia puritana de Nueva Inglaterra. Creció en un ambiente estricto, de esos con reglas que levantan rejas. Y el destino la enamoró de un sacerdote. Pudo hacerlo pero no, no marchó con él. Y vivió con ello escribiendo versos.

La muerte y lo místico están entre sus temas dominantes. Pero lo determinante, en mi opinión, es haber perdido lo que no tuvo.

"¿Y si dijera que no voy a esperar? / ¿Si rompiera las Puertas de la carne / y las cruzara huyendo hacia tí?".

Leer esto, me devuelve a aquella noche de octubre en 1992, entre Maine y Massachusetts. Nieve en el suelo, en los árboles que nos rodeaban, en el cielo. Carretera estrecha y pequeña recta. Fue entonces cuando K. me miró a los ojos, sonrió y dijo "voy a hacer algo difícil de olvidar". Apagó las luces del coche y siguió conduciendo. 200. 300 metros. Ninguno de los dos abrió la boca. Después, no hablamos de ello.

"Y las cruzara huyendo hacia tí". Debe ser parecido.




1 Comments:

Blogger Encoma ilusoria said...

Esto último que cuentas (conducir con las luces apagadas) me ha recordado a una dulce anécdota.
Sigue con este blog, es diferente, fresco y muy íntimo. Me gusta.

12:38 a. m.  

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